Así viví la marcha de la UNAM

Por: Astrid Gutiérrez / @AstridPurpura

Astrid Claudette Gutiérrez López. Maestra en Opinión Pública y Marketing Político por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Licenciada en Cs. de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Baja California. Actualmente, cursa el Doctorado en Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus temas de interés son los movimientos sociales, la acción colectiva y el uso de redes sociodigitales.


Así viví la marcha del 5 de septiembre en la UNAM
Recién entré a la UNAM este semestre y tuve la fortuna de participar en esta marcha. Me ha sido difícil poner en palabras lo que viví porque esto lo experimenté desde, por lo menos, tres puntos de vista: desde la chica que estudió comunicación, desde la que se está preparando para ser investigadora en el tema de los movimientos sociales y desde la estudiante.


Cuando ocurrieron las agresiones de los llamados “porros” hacia los estudiantes del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), en Rectoría, yo estaba llegando al edificio de posgrado para tomar una clase y no me enteré, de no ser por una persona muy cercana a mí, de lo que estaba ocurriendo. Me dijo que tuviera cuidado.

Terminando la clase seguí las noticias en Twitter y me enteré por completo de lo que había pasado: un grupo estudiantes de la CCH que marchaban hacia Rectoría para exigir entre otras cosas, justicia para Miranda Mendoza, estudiante que fue secuestrada el pasado 20 de agosto y posteriormente asesinada; así como para denunciar casos de acoso, cobros indebidos en el plantel, casos en que se ha coartado la libertad de expresión, entre otras demandas establecidas en el pliego petitorio.


A las 7:30 de la noche, de ese mismo día, me llegó un correo institucional en el que se nos notificaba que se suspendían las actividades en la Facultad por un lapso de 48 horas. Es decir, después de lo ocurrido, los estudiantes se reunieron y acordaron que se llevaría a cabo el paro.

Me pareció increíble la rapidez con la que reaccionaron. También se convocó a una asamblea para el siguiente día, martes 4 de septiembre. De esto me enteré por otras vías como grupos de WhatsApp, Facebook y por compañeros. Conforme pasaba la noche, otras facultades iban notificando los horarios de sus asambleas en estos medios.


El martes hubo asambleas en todos lados, los chicos se reunieron para determinar si habría paro en sus facultades y de cuántas horas sería, así como otras líneas de acción. Así, alrededor de 40 planteles (entre prepas, CCH, Facultades, Centros, Posgrados, entre otros) habían acordado el paro. Por la tarde del martes todos sabíamos que habría marcha. La cita era el miércoles 5 de septiembre, a la una de la tarde, saliendo de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.


Era maravilloso ver cómo los estudiantes eran los que tomaban las decisiones. Se reunieron en largas asambleas y decidieron cual sería el siguiente paso. Las redes sociales fueron muy útiles: Facebook, para la organización y para dar avisos; Twitter, para denunciar, informar, visibilizar (a través de hashtags).

Por la noche, se habló de si habría que ir con vestimenta de algún color en particular; se compartían tablas en la nube para guardar los datos de los que marcharían, como medida de seguridad; había estudiantes preguntando si alguien era alérgico al cacahuate porque llevaría sándwiches de mantequilla de maní; otros ofreciéndose a dar el taller de primeros auxilios; otros compartiendo carteles; otros dando a conocer el protocolo de seguridad de la marcha, recorridos y distribución de los contingentes. Todo en un ambiente ameno, amable y solidario.

La marcha
Todo indicaba que iba a llover. Desayuné bien. Dediqué la mañana para avanzar con unos pendientes y después, mi compañera de cuarto y yo nos preparamos para salir. Al llegar a CU nos incorporarnos al contingente de posgrado y frente a nosotros se iban armando otros contingentes.

Después de un rato avanzamos y empezamos a marchar. Nuestro contingente era pequeño, y ya que somos los más “viejos”, en muchas ocasiones nos burlábamos de nosotros mismos cuando había que correr para hacer un ocho (se detiene el contingente, cuenta 8 segundos a que avance el de enfrente y entonces sales corriendo para emparejarte).

A los costados de nuestro contingente, algunos detenían cintas para impedir el paso de algún infiltrado. Fue un ambiente muy lindo que inspiraba seguridad. Nos estábamos cuidando entre todos.


Conforme íbamos a avanzando, en el circuito, del lado contrario, veíamos pasar otros contingentes y nos saludábamos. En los camellones había maestros con carteles de apoyo. Nos echábamos porras. Nos encontramos a los de El Colegio de México, a los de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, a los de la Universidad Autónoma Metropolitana y los del Instituto Politécnico Nacional, en momentos distintos.

Cuando los veíamos nos emocionábamos todos y con consignas agradecíamos el apoyo. Otras consignas recordaban a los 43, Atenco, la lucha feminista y, algo que nos sorprendió a todos, el puño levantado en silencio como se hiciere en el sismo del 19 de septiembre: íbamos todos gritando y entonces empezaba la oleada con el puño levantado y todos callados (la importancia del silencio para escuchar, para ayudar). Fue un recorrido divertido, apasionante y hermoso.

No dimensionábamos, sólo veíamos muchísima gente hacia enfrente y muchísima gente detrás.
Íbamos avanzando y había cantidad de fotógrafos y periodistas, se veían los drones y conforme más nos acercábamos a Rectoría se empezaban a escuchar los helicópteros. Una vez que nuestros ojos alcanzaban a ver Las Islas, nos dimos cuenta de la magnitud del evento. Era impresionante ver a tanta gente reunida. Nos incorporamos al resto al llegar a Rectoría y así como hicieron con nuestro contingente, también se iban recibiendo a otros, con consignas, y con el grito universitario.

Mi Yo estudiantil
Una parte de mí, la que durante su carrera de comunicación (y 4 años posteriores) se enfocó a la producción, no quería más que tomar fotos y videos -registrarlo todo; era una explosión visual y auditiva impresionante.

La Yo investigadora no dejaba de pensar en términos de procesos, mecanismos, causas, impactos, articulación. Pero la Yo estudiante…me partió. No dejaba de pensar en los chicos de prepa o CCH que a sus 16/17 años estaban marchando en rectoría para pedir que se asignen profesores para sus clases o que haya más seguridad. ¿Qué estaba haciendo yo a esa edad? Y empezó toda una reflexión interna sobre cómo se ha dado mi vida estudiantil.


Creo que este tipo de experiencias nos forman, nos hacen cosas como personas, como seres humanos. La mayoría del tiempo estamos cada quien, en nuestros asuntos, viendo a quién culpamos de lo que nos pasa (o a nosotros mismos); trabajando muchas horas para sobrevivir, estudiando muchos años para tener un buen trabajo para sobrevivir. Estresados por la entrega final, por el deadline en la chamba, por los problemas que tenemos en nuestras familias, resignados con que aquí nos tocó vivir.

Pero hay momentos como este, en los que esas dinámicas se rompen y al salir de la cotidianidad sabemos que sí pasan cosas cuando nos juntamos (no siempre en la medida que esperamos), que nuestra voz puede encontrar eco en otras voces, y que sirve pedir.


Este tercer punto de vista, el de la Yo estudiante, es el que me tiene con el corazón todo coloreado.

No es fácil todo esto para quienes organizan, marchan, están en vela, para quienes viajan largas horas en metro para llegar a una asamblea; para quienes no han comido en horas y han estado parados o sentados en el piso escuchando a los demás y tomando la palabra. Se requiere de paciencia, fuerza y convicción.


Yo vengo de la frontera norte, recién voy incorporándome a los Pumas. Soy Cimarrona (UABC) y Loba (BUAP). Me siento orgullosa de dónde vengo y me siento orgullosa de donde estoy. ¡Gracias por inspirarme Pumas! Mi admiración y respeto.

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Fotografía de portada: somosmass99.mx / CC-BY

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